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22 agosto 2017

 Terele Pávez: actriz inconmensurable                        
Terele Pávez, actriz
Ana Alejandre

Este espacio dedicado al  cine, a los  directores, actores y actrices que han dedicado su vida, su talento y sus dotes al teatro, no puede pasar por alto a Terele Pávez (Bilbao, 1939), la gran actriz trágico-cómica, aunque relegada muchas veces a papeles secundarios a los que alzaba hasta el protagonismo absoluto que eclipsaba a los verdaderos protagonista de la obra teatral o película en cuestión.
 Su muerte, acaecida por un derrame cerebral, el pasado viernes 11 de agosto, ha dejado un hondo vacío en el teatro y el cine español que nadie podrá llenar porque Terele Pávez, la gran actriz y ser humano excepcional, grande en su humanidad muchas veces doliente y controvertida, en su apasionamiento por la vida y la interpretación, en su  generosidad sin límites y su autenticidad entrañable, hacía que ningún papel que interpretara fuera pequeño, pues su interpretación alcanzaba cotas de genialidad, humanidad y desgarro que asombraba a directores, actores y al público que veíamos en ella a la gran actriz que era y que debía haber llegado a ocupar el primer puesto en el Olimpo de los triunfadores del arte escénico y cinematográfico que muchas veces lo ocupan actores y actrices sin talento, vocación ni oficio, sólo por tener un físico atractivo y un padrino complaciente.
 El triunfo le llegó tardíamente, aunque todos los que trabajaban con ella sabían que sus dotes y talento interpretativos eran excepcionales y únicos dentro de la escena española y, también, del cine en el que cosechó muchos éxitos en papeles secundarios que destacaban por encima de los interpretados por los actores que encarnaban a los protagonistas.
 Terele Pávez formaba parte de una famosa saga de artistas, fue nieta y bisnieta de los compositores  Manuel Penella Moreno y Manuel Penella Raga, respectivamente, y hermana menor de las también actrices Emma Penella y Elisa Montes, además de tía de la actriz Emma Ozores.
 Sobre las tres hermanas pesó siempre una losa de plomo moral que las hizo sentir vergüenza  e ignominia de ser hijas de quien se considera culpable directo del asesinato del poeta Federico García Lorca. Su padre era Ramón Ruíz Alonso, diputado de la CEDA, (onfederación Española de Derechas Autónomas), durante la Segunda República. La actriz confesó, en una entrevista hace años, que llegaron a ocultar el apellido de su padre, pero esa etapa pasó y terminó diciendo que fue siempre un buen padre.
 Esta amarga experiencia le hizo rechazar hace unos años el papel protagonista de La casa de Bernarda Alba, que  propuso el director teatral Juan Carlos Pérez de la Fuente. Pávez le confesó a una periodista, Rosana Torres, que la entrevistó,  que ignoraba si Pérez de la Fuente desconocía quién había sido su padre o si solo  buscaba, al ofrecerle dicho papel, un montaje con morbo.
 En sus últimas interpretaciones en el cine lo hizo bajo la dirección de Álex de la Iglesia en películas tan famosas y taquilleras como El día de la Bestia (1995)La ComunidadBalada triste de trompetaLas brujas de Zugarramurdi (por esta película recibió el Premio Goya 2014 a la actriz de reparto)Mi gran noche y El bar
 Su colaboración con este director, bilbaíno como la propia actriz, comenzó en una época en la que ella estaba apartada del cine y el teatro y que eran períodos recurrentes de aislamiento que alternaba con su participación en montajes teatrales y películas importantes.
 Sus inicios como actriz fueron bajo las órdenes del genial Luís García Berlanga, en la película Novio a la vista (1953). Durante las dos siguientes décadas participó en películas propias de la época de la Transición en papeles secundarios, como fue el caso de Tatuaje (1969) de Bigas Lunas.
 Consiguió un gran éxito en su interpretación de Régula, en Los santos inocentes (1983), adaptación cinematográfica de la obra homónima de Miguel Delibes, que fue dirigida por Mario Camus. Su actuación fue aclamada por la crítica y el público que empezó a ver en ella las extraordinarias dotes artísticas que pudo mostrar y que en películas anteriores, en personajes más anodinos y banales, no le permitieron hacerlo.
 Después de Los Santos inocentes participó en otras películas como fueron Réquiem por un campesino español, El Lute II, Laura, del cielo llega la noche,  y Diario de invierno. Estas dos últimas películas las hizo dirigidas por Gonzalo Herralde y Francisco Regueiro respectivamente, y le supusieron sendas nominaciones como mejor actriz de reparto (su sempiterna condición de segundona, siendo tan inconmensurable actriz) en los premios Goya de 1987 y 1988.
 A partir de entonces, parecía haber desaparecido de la escena para disgusto de quienes admirábamos su increíble talento interpretativo, hasta que el ya citado Álex de la Iglesia le dio el papel de una viuda resentida y  retrógrada en El día de la bestia (1995). También trabajó a las órdenes de otros directores, como fue Gerardo Vera que la dirigió en La Celestina (1996) y a partir de 2002 comenzó a participar en la serie televisiva Cuéntame cómo pasó.
 Tiempo más tarde, saltaron las noticias alarmistas de que había sido vista durmiendo en la calle en compañía de un indigente y en un estado lamentable provocado por el alcohol. La actriz dijo que ni era alcohólica ni vivía en la calle, sino que ese día “me quedé dormida mientras hablaba con un amigo”  y hay que añadir que ese amigo era indigente.

 Su regreso al teatro que fue su “alma mater”, fue con la obra «El cojo de Inishmaan», dirigida por Gerardo Vera, junto a Marisa Paredes, entre 2013 y 2014. También participó en montajes teatrales de títulos clásicos  como “Fedra” (1982) en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, “Lisístrata” (Manuel Martínez Mediero, 1980) o “La Celestina”. También, fue dirigida a lo largo de su carrera por Adolfo Marsillach, Miguel Narros y Jaime Salom.
 Ahora, a raíz de su fallecimiento, vendrán los homenajes, los reconocimientos y las condolencias por haber perdido a tan gran, grandísima actriz, mientras que en vida se le escatimaron los premios, los papeles de protagonista que por méritos propios merecía, sin duda alguna, y las ocasiones de lucimiento de su talento único, irrepetible y extraordinario que le hacía ser una gran actriz, tan grande que todos los papeles se le quedaban pequeños.
 Mujer de gran carácter y corazón aún más grandes, temperamental, apasionada, auténtica y sincera en sus manifestaciones, sin un ápice de artificio, ni divismo -como tantas supuestas actrices que han pasado por el cine y el teatro y sólo queda de ellas el recuerdo de sus desnudos, de su divismo ridículo y de su falta total de talento interpretativo-, con mirada penetrante en sus oscuros ojos en los que se veía su timidez, su deseo insanciable de recibir afecto, el dolor que llevaba consigo de aquella niñez desbaratada por las acusaciones de ser hija del asesino de García Lorca de lo que parecía pedir perdón sin tener ninguna culpa. Vivía con su único hijo Carolo –a pesar de la sorpresa que eso cuasaba entre quienes la conocían y que a ella le sorprendía más aún-, quien dice a raíz de su muerte que podía vivir dos vidas con todo el amor que le dio su madre, esa mujer fuerte de alma y cuerpo del que habla la Biblia, pero frágil y vulnerable como todo ser que se entrega siempre aq su familia, sus amigos, a su pasión como era su vocación interpretativa, al igual que hacía con todos los seres que tuvieron el privilegio de tratarla. A pesar de su fama de carácter fuerte, de su genio, de su espontaneidad que rezumaba un profunda humanidad que le salía por los ojos, se manifestaba en su voz ronca y cazallesca, en la que se  adivinaban todas las luces y sombras de una vida, la suya, que no fue fácil como no lo es nunca para quienes llevan el corazón en la mano, sabiendo que se lo pueden romper y, después, se lame sus heridas sin rencor y pensando que la vida es así pero que ella también era “así” y no pod´`ia dejar de serlo, única, diferente, vital, apasionada y sincera en un mundo lleno de hipocresía, de disimulo y disfraz como es el del espectáculo, pero también el de la vida de la gente normal, en el que todos parecen llevar su corazón a buen resguardo y envuelto en celofán para que no se lo dañen . Terele Pávez lo llevaba en las manos, en los ojos, y en esa generosidad sin línites que no sabe de cálculos, ni medidas, ni medias tintas. Esa generosidad que sólo nace en quien vive, asiente, ama, sufre y también goza cuando llega el momento, aceptando que en la partida de la vida unas veces se gana y otras se pierde, pero eso es lo que hace al hecho de vivir más apasionante, más intensamente gozoso o doloroso, pero le da sentido a la propia vida porque no se ajusta aun guión, a un plan preconcebido, a un cálculo propio de mentes pequeñas, estrechas y un tanto mezquinas pero tan numerosas.

 Descanse en paz, Terele Pávez, la grandísima actriz que ha dejado en el recuerdo de todos quienes la vieron actuar el recuerdo imborrable y la evidencia indiscutible de que, para tener su inconmensurable talento, era necesario ser muy grande, mucho, tanto humana como artísticamente. Sólo el  verdadero artista pone el corazón en lo que hace, la autenticidad y la entrega que esta incomparable actriz ofreció a lo largo de su carrera artística para el gozo de los espectadores que ahora lloran, lloramos, su muerte.